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No le dé Coca-cola, que le va da má sé

No le dé Coca-cola, que le va da má sé

 

En esta vida hay ciertas cosas que van irremediablemente unidas: el aceite y el vinagre en un solo cacharro en los restaurantes, el dolor de cabeza y la Aspirina, un disco nuevo de El Canto del Loco y la progresiva pérdida de fe en el ser humano... Los componentes de esos binomios no tendrían demasiado sentido por separado, e incluso se nos hace cuesta arriba imaginarlo.

Hasta hace poco, otra de esas parejas to the de death me había acompañado en innumerables noches de farra y resaca posterior: Jb con Seven Up. La universidad de la calle demostró una vez más su sapiencia al crear una bebida con la suficiente cantidad de refresco para los que no somos tan machos como para beber whisky solo y con el toque de alcohol lo bastante elevado como para excusar las gilipolleces que uno hace cuando va pedo. A pesar de conocer el código de honor de los cubalibres, alguna vez probé Jb con hielo (sin agua adicional) con el riesgo para mi salud que eso representa, pero nunca me atreví a regarme el paladar con Seven Up.

Un día, viendo como Cristina se tragaba el contenido de una botella de 20cl del refresco en cuestión, decidí hacer de tripas corazón y hacer caso omiso una vez más de la ley del borracho weekendal al pidiéndome un Seven Up sin aditivos de ninguna clase.

Y he aquí que surgío este artículo. El hijoputa está bueno. No sólo eso, quita la sed. Si mi madre leyera esto, seguramente me diría otra de sus lapidarias frases: "lo mejor pa la sed es beber agua". Vale mamá, pero ten en cuenta que pedir H2O en un bar tal como están las cosas puede acabar en disputa, y además si te diera la razón no quedaría como el joven rebelde al que quiero representar y, que coño, se me jodería el artículo.

A lo que iba. Una bebida carbonatada, con todas las mierdas e incluso otras nuevas que las que pueda tener cualquier derivado del Coca-cola o Fanta, y encima deposita en tu boca un sabor agradable y realmente refrescante. Sin embargo, la gente no se lo bebe. El corolario Jb-Seven Up continúa imbatible.

Esto me lleva a pensar que la peña no es tan valiente como dice, y todos esos gañanes que aseguran que el alcohol solo puede ir acompañado por unos toques de agua del grifo son más fantasmas que Gasparín. Esos falsos héroes quizá elijan el Seven Up como compañía de su garrafón porque no le quita tanto el sabor ni el color como la Pepsi, y de ese modo pueden obviar que no son más que uno de esos maricas que no saben beber de los que tanto se quejan.

Por otra parte, tenemos la posibilidad de que esta ligazón no sea otra cosa que producto de cientos de años de imitación de nuestros mayores, famosos por agotar las existencias de Seven Up y "whisky" de las más selectas discotecas y antros de perversión del planeta.

Una vez más, la respuesta a la pregunta de por qué cojones no bebemos Seven Up si está del carajo queda sin contestar. Al final va a resultar que el refresco de marras nada más nos gusta a Cristina y a mí, como tantas otras cosas cuya belleza queda reservada sólo para los sentidos de ella y míos.

Mens sana in corpore sano

 

La juventud. Tras este hermoso sustantivo se esconde, como casi todo en la vida, algo más. El singular palabro hace alusión a todo un conjunto de afirmaciones arraigadas en la cultura popular de Occidente. Sobre todo, en la cultura popular de Occidente española. Ole nuestros cojones.

Los jóvenes son unos perros. Los jóvenes son los que más pajas se hacen (aquí no sé si quitarles la razón o no). Los jóvenes son unos incultos. Los jóvenes sólo saben beber, fumar y meterse mierdas. Los jóvenes apestan. A esto me refería. Las generalizaciones, por un lado tan útiles para nuestro vago cerebro, me inflan los cojones increiblemente. No puedo negar que haya hecho alguna vez uso de ellas, pero procuro circunscribir su dominio al usufructo de los imbéciles. Sería también absurdo decir que todos los jóvenes están sanos como una pera y que todos tienen una habitación en su casa dedicada exclusivamente a albergar los pedidos de Circulo de Lectores. Lo que tampoco es de recibo es decir que toda persona perteneciente al grupo social llamado juventud es poco más que un simio que habla (y esto es dudable en algunos casos).

Ayer, Cristina y yo fuimos más allá de las palabras. Le demostramos al mundo, aunque con su desidia habitual el mundo no nos mirase, que no tenemos nada que ver con todos esos mánidos adjetivos con los que se relaciona a mi generación. Nuestra pequeña aventura comenzó en el Mercadona, que más allá de las ansias de dominación global que se le atribuyen desde la Inciclopedia permite a los ciudadanos del mundo cubrir sus necesidades básicas y superfluas con precios asequibles. Dando una vuelta por el susodicho supermercado encontramos una bebida (ni que decir tiene marca Hacendado) que, en palabras textuales del envase, era fresa con gas. Fanta de fresa, poco más o menos. Cristina, tan genial como siempre tuvo a bien coger la lata para darle un tiento. Y eso que estaba calentorra (la lata, hijosdemilputas). Pero mi nena es valiente como pocas.

Por mi parte, sucumbí una vez más a la llamada de mi recientemente adquirido vicio al yogur blanco azucarado líquido. Les recomiendo desde aquí que no comentan el error que yo tuve al ingerir por primera vez un trago de este rico alimento del Infierno. Sólo les digo que mientras escribo estas líneas me estoy zampando un litro. Y el hijoputa encima es barato.

Con nuestra particular botellona bajo el brazo, dirigimos nuestros pasos a una pequeña plaza bien conocida por nosotros para degustar nuestros preciados manjares culinarios. Y eso.

Conclusión: La famosa fresa con gas estaba rica la jodía. No sé como lo hace pero mi novia siempre acierta eligiendo este tipo de cosas.

Conclusión 2: ¡Los jóvenes que no nos subimos al carro de la mayoría exigimos respeto!

Después de aquello y tras la maravillosa cena, nos fuimos a un bar donde curra un colega y yo me puse ciego de tinto.

...

Una vez al año no hace daño. Cabrones.

Caca, culo, pedo, pis

Ahora dispongo de más tiempo libre los fines de semana. Finalmente, he decidido dedicarme completamente al curro y dejar de lado de momento los estudios. Obviando las discusiones familiares de rigor y la sorpresa de mucha gente, la verdad es que estoy bastante contento.

Esta mañana he inaugurado mi primer fin de semana como trabajador intentando ver una película. Y digo bien: intentando, porque a la media hora he tenido que parar el reproductor y poco ha faltado para mandar un e-mail al responsable de la web en la que he visto el film (hay que ver lo que avanzan los tiempos, ya ni hace falta la mulita para visionar contenido multimedia) pidiéndole por caridad que me mandase un Termalgin via giro postal.

Como ya saben, me encanta la roña y cuanto mayor sea el calibre de ésta mucho mejor. Sin embargo hoy me he sorprendido una vez más a mí mismo: un truño me ha cansado. No sólo eso; la reacción alérgica que he arrastrado a lo largo de toda la semana y que ya esta mucho mejor ha empeorado otra vez cuando mi nervio óptico ha mandado al cerebro la serie de impulsos que recibía con toda impunidad de la maldita pantalla de mi Pc.

Me dejo de trabalenguas: el film que ha provocado mi total indignación es el de Beavis & Butthead recorren América. El único recuerdo que tenía de estos dos personajes son unas imágenes difusas en mi memoria de una de sus habituales apariciones en la Mtv a mediados de los 90, y gracias al curioso efecto que la inexperiencia y la nostalgia provocan en uno me parecían simpáticos. Hace un rato, además de perder toda la poca fe que tenía en ellos se me ha descompuesto el estómago.

La peliculita de marras cuenta como a los dos nombrados cenutrios les roban la tele, y al final se meten en un berenjenal de tráfico internacional de armas. No pregunten, son dibujos animados. El argumento sin duda es la mierda perfecta para una mosca de la basura intelectual como yo; el problema viene cuando los muchachos abren la boquita. El único recurso humorístico que aparece durante el rato que he visto la historia es la risa estúpida y pesadísima de los dos protagonistas, acompañada de chistes de tetas y culos, tetas y culos propiamente dichos y chascarrillos de los que Pepe Viyuela se avergonzaría.

¿Cómo es posible que me haya reído tanto con el famoso skecth del vómito del señor Creosote de El Sentido de la Vida de los Monty Python, y lo único que me ha salido viendo la costra que les comento ha sido alguna sonrisa puntual? ¿Por qué, si llevo toda la vida expeliendo comentarios a cual más soez y chabacano y haciendo pequeñas competiciones con algún colega de haber quien suelta la borricá más grande, no me han hecho ni puta gracia los 32 minutos que he visto del coñazo este?

¿Me hago mayor? No soy tan viejo, creo. ¿Me he vuelto responsable y adulto de repente? No por Dios. ¿Qué me ocurre? Me parece que el rollo este de la alergia me ha bajado las defensas y me he vuelto gafapasta de repente. Voy a ver si veo en el videoclub del barrio esa de El Camello que Llora, que seguro que me río más (¡Que bien traído! ¿Ven? Gafapasta sin remedio)

Y si no hace cré, no es Matutano

Y si no hace cré, no es Matutano

 

Toda la vida he acumulado grasa en el perímetro abdominal. De un tiempo a esta parte y gracias a un cuidado meticuloso de mi dieta, que he vuelto a dejar a su libre albedrío he sido capaz de espigar mi figura un poco. Lo importante es que mi complexión fuerte me ha convertido en un gran conocedor de la inmensa mayoría de mierdas de comer que existen o han existido.

Desde siempre me han molado los snacks de paquete. Y digo snacks, además de para hacerme el interesante, porque no sólo de patatas fritas vive el gordo. Los hijosdeputa insensibles y sin escrúpulos de los creadores de aperitivos y chucheridas han sacado al mercado una ingente cantidad de porquerías culinarías a cual más apetecible y dañina para el cuerpo. Una de las empresas más antiguas y queridas por mí es Matutano. Desde la Pandilla Drakis, pasando por los Pelotazos o aquellos colmillitos de vampiro de los que nunca más se supo y que estaban de muerte estos simpáticos señores han llenado mis dedos de zurrapa de Fritos y la bolsa de basura de mi hogar con infames pegatinas y rascas-ys-ganas que a nadie le tocaron nunca (deberían haber aprendido de los que fabricaban las botellitas).

Antaño, no comía otra cosa que Ruffles al Jamón. Bueno, a lo que ellos decían que era jamón; si todos los sabores son así en el País Matutano no me importaría chupar una mierda fresca. Más tarde, probé los Bocabits, que en mi mente trastornada siempre me han sugerido un pantallazo azul de Windows en mi antiguo Pentium 166 (Mmx, of course). De Doritos y cía. mejor no hablar; aún tengo fresco en mi memoria el descomunal apretón que sufrí la última vez que los comí. Hace no mucho tiempo el hombre volvió a hacer historia y se pusieron en venta las Ruffles Yorkeso, lo que junto a la teoría de la relatividad y los pollos de goma con polea suponen la perpetuación de la hegemonía del ser humano en la Tierra.

Sin embargo, a pesar de haber tenido los santos cojones de llevarme a la boca cosas como las Lays Campesinas, pocas veces he tenido la sangre fría de acudir para matar el gusanillo a el producto alimenticio abandonado por excelencia: Las Ruffles Onduladas.

Vale, todas las patatas de sabor de las Ruffles clásicas eran onduladas; me refiero más en concreto a las que su condición era también su nombre. Estos tímidos tubérculos cortados en láminas finas y fritos a altas temperaturas se han colado en mi vida estos 21 años, pero como imagino que al resto de existencias, no me han aportado nada.

Iba al cumpleaños de un colega a comer sandwiches de jamón york y queso metidos en plástico transparente y a echar gusanitos en un vaso de Coca-Cola, y después de todo el estropicio que se organizaba en la sufrida cocina de su santa madre, siempre había un plato que se mantenía prácticamente igual que cuando llegaba. No era otro que el que estaba lleno a rebosar de las malogradas Onduladas, que a pesar de poseer un bonito color amarillo-fuerte-casi-brillante y un tacto agradable a la boca eran desechadas incluso para las gamberradas de turno.

En otros artículos en los que también les he hablado de los parias de la sociedad occidental siempre les he dado alguna razón por las que considero que los rememorados debían ser tomados en mayor consideración; en esta ocasión pongo sobre la mesa virtual las cualidades que a mi parecer justifican totalmente la desidia que provocan las protagonistas de este post.

En primer lugar, y más importante, las Onduladas no saben a nada. Quizá no sea totalmente cierto: les pasa como al suero fisiológico, que en teoría no tiene sabor pero realmente acaricia las papilas gustativas con algo que se parece a tomar un bocado de aire. Comerse un paquete de Ruffles de este sabor es o bien un sustitutivo de los cigarrillos si se quiere dejar el vicio o la última opción de un obeso desesperado. Las de Jamón saben a todo menos al alimento que representan, pero al menos saben a algo que a mi me volvía y me vuelve loco. Las 3D tienen un toque raro que cuando aprenda a distinguir lo distintos conservantes cancerígenos que las constituyen podré detallarles, pero las Onduladas son absolutamente inocuas.

En segundo lugar, al menos en todos los quioscos y bares de mi barrio, con las Onduladas nunca regalan un carajo. No sé como se las ingenian mis vecinos comerciantes pero jamás he visto un paquete de Ruffles Onduladas "con sal" (apelativo que intenta sin éxito atraer a personas como mi padre, capaces de espolvorear de sal una lubina a la sal) que tenga adherido la famosa tirita de plástico translúcido con la promoción de turno dando tazos o estupideces de la misma índole. Así no se gana al público infantil, queridos.

Por último, siempre me ha tirado para atrás saber que gastarse 30 céntimos en unas Onduladas era como comprarte un filete crudo y comértelo sin cocinar. Vengo a decir que de las Onduladas derivan todas las demás, son la matería prima con la que se elaboran el resto de familia de patatas Ruffles.

Como ven, no defiendo a las Onduladas, sino que entiendo por una vez que algo sea relegado a un segundo plano. Sin embargo, las siguen vendiendo. Supongo que será porque no todo el mundo tiene mis neuras. Viva la Globalización, cagón Dió.

 

Cultura basura

Cultura basura

 

Cada vez que llegan los exámenes me ocurre igual. Además de dejar siempre para el último día cantidades ingentes de apuntes de endemoniada caligrafía y trabajos varios sin entregar, tengo la manía de encontrar mejores cosas que hacer en lugar de estudiar como un descosido.

Leer me apasiona. Desde que tengo uso de razón he vivido rodeado de libros; dejando de lado ciertos defectos educativos mi familia ha tenido a bien durante toda la vida regalarme novelas, ensayos y demás documentos escritos, por supuesto también cómics. Raro o resacoso es el día en que cierro los ojos en mi camastro sin haber leído antes al menos un par de líneas de lo que tenga entre manos en ese momento. En estos últimos días he acabado dos libros a los que ya hacía tiempo que les tenía hechado el ojo.

Estoy pasando una de esas rachas que me dan de leer más aún que lo acostumbrado. Me suele pasar con todas mis aficiones; los otros blogs que tuve los abandoné por dejadez precisamente en una de esas rachas de las que les hablo, en este caso de desidia total. El primer libro que mi cerebro actualmente insaciable ha devorado no es otro que La Insoportable Levedad del Ser de Milán Kundera. La novela me ha parecido tan acojonante como todos los que la han leído me habían dicho, si bien en ocasiones el muchacho se pone un poco pesado y tiene ciertas cosas un poco cogidas por los pelos (su famosa teoría de la mierda tendré que releerla porque me temo que no me he enterado del todo bien); por lo demás, una curiosa hamalgama de muchas cosas que viene bien cuando uno se satura de escritura rebuscada y pretenciosa.

El otro ejemplar que me he tragado sin compasión es la novela Una Noche de Perros, que como ustedes ya sabrán está escrita por Hugh Laurie, más conocido en los foros de Cuatro como House. La compré esperando...no sé qué esperaba, la verdad. Y ahora que lo pienso, no sér por qué la adquirí.

¿Acaso me dejé llevar por el hecho de que el libro haya sido escrito por un actor en alza? ¿Quizás mi simpatía hacia el personaje de Laurie me ha inducido sin darme cuenta a agenciarme su libraco? ¿Por qué hacemos las cosas a veces? Mientras la leía, iba pensando todo esto. Supongo que seguramente me la compré por morbo, y qué cojones, por si era mala para poder despotricar contra ella, y si era buena (para mí lo es), para poder seguir alimentando la popularidad del actor inglés con mis alabanzas. Vamos, lo que han hecho cientos de personas. Y yo que a veces me creo único e irrepetible...Si es que no somos nadie.

Nunca positifo

 

No sé si alguna vez les he comentado que estudio Filosofía. De cómo me va en la carrera ya hablaremos otro día; ahora me gustaría centrarme en algo que hemos visto en clase hace no mucho (yo más bien lo he visto en los apuntes, no dentro del aula) y que me ha hecho sonreír.

Tengo grabado en mi mente una imagen de un telediario de hace años donde se veía como unos simpáticos franceses se dedicaban a tirar cajas enteras de fruta al suelo, sacadas de camiones españoles. Yo, que por aquel entonces aún no había desarrollado por completo la amalgama de creencias y formas de pensar que constituyen mi heterogénea ideología me indigné y me cabreé. El enfado me ha durado un buen tiempo, hasta que escuché a los Gojira y me di cuenta de que los franceses también podían hacer cosas bien. Leyendo extractos de varios libros de un filósofo franchute, mi tirria hacia el país vecino ha disminuido un poquito más. Si alguien me pasa una peli en la que se sodomice al prototípico mimo con camiseta a rayas y boina parisina probablemente desaparezca del todo.

El pensador del que les hablo responde al nombre de Edgar Morin. Este señor, que probablemente ha leído a mi amigo Federico Guillermo Nietzsche, tiene entre sus teorías una que responde al Método de la Complejidad, y en el que entre otras cosas, le da caña a toda la ciencia positivista occidental. Bien por ti, Edgarcito.

Uno no es que sea un anti-científico; cuando me duele la cabeza me tomo un Eferalgan y cada día incluyo en mis oraciones al que inventó el profiláctico. Sin embargo, supongo que influenciado tanto por El Ocaso de los Ídolos como por el Discurso del Método el mundo intelectual que tanto agrada al profesor Frintz de los Simpsons en ocasiones me produce úlceras. Más que nada, porque me parece que lo del Superhombre lo entendieron mal, y nos quieren hacer creer que hasta que llegaron ellos no merecía la pena vivir en nuestro querido planeta. Como si la alquimia hubiera desaparecido del todo.

El susodicho Método de la Complejidad, a grandes rasgos, postula que para comprender y solventar las contradicciones que a los científicos y al ser humano en general le vayan surgiendo hay que estudiar y tener presente el objeto principal de la investigación, pero también su entorno, su ecosistema (nos ha salido perroflauta el muchacho), las circunstancias que corresponden al sujeto en sí e igualmente, hay que poner nuestros curiosos ojos en nosotros mismos como investigadores que somos. Según Morin, la tradición científica modernista está equivocada al pensar que la aparente complejidad de las cosas encierra una simpleza apabullante, cuando probablemente sea al contrario. El francés afirma en su teoría que hasta ahora, cuando un científico se encontraba una contradicción no la resolvía, sino que procuraba aplicar alguna fórmula para taparla. Una vez más, ole tus cojones Edgar Morin.

Me pongo moña y pienso: imagínense una relación de pareja sin los detallitos. Piensen en una rutina sin sonrisas, sin coger de la mano a su novio/a y sentir el calor que algunos químicos llaman feromonas y yo llamo cariño, intenten concebir el cigarro después del polvo como un mero hecho circunstancial ajeno al amor. Creo que es un buen ejemplo de lo que representa el paradigma positivista. Jodido. Esto no es un alegato en contra de eso que nombran como progreso. No es más que la llamada de atención de un perroflauta, y francés además, con la que por una vez estoy de acuerdo. Resumiendo: no se confíen de los prospectos de la farmacia, y escuchen un poquito más a su abuela. Que el Renacimiento no significa pre-Siglo de las Luces, sino que es una étapa en sí mismo.

Voz en off

Voz en off

 

Hace poco, por aquello del Día del Orgullo Friki me acordé de Star Wars. Precisamente pensando en las pelis se me ocurrió un nuevo artículo para el blog, una vez más hablando de algo olvidado, en esta ocasión de la saga espacial por antonomasía, con permiso de los enfervorecidos trekies del mundo entero.

Más allá de todo el grandísimo culebrón que sirve de transfondo a la historia, la Guerra de las Galaxias no es más que una metáfora de la lucha entre el Bien y el Mal. Hay un grupo de buenos, los Rebeldes y toda la peña que los acompaña, y los malos malísimos, cuya cabeza visible corresponde a la del descarriado Jedi Darth Vader, Anakin para los amigos y fans de la saga. Entre los protagonistas de la historia ya se sabe: su romance correspondiente, las situaciones humorísticas de rigor, un grupo de Soldados Imperiales sin puntería no puede tocarme con sus láseres, etc. Al otro lado (sí, el Lado Oscuro, que lo estaban deseando), Lucas tampoco fue muy innovador en la base en la que se apoyan las diversas circunstancias por las que van pasando los antagonistas del cuentecillo. Sin embargo, creo que a lo largo de la historia a muchísimos mortales se nos ha pasado por alto una figura para mí clave en el universo starwariano, y sin cuya presencia habría sido prácticamente inviable la sucesión de acontecimientos que se nos relata en los distintos fims de la doble trilogía.

A todos se nos hace el culo Pepsicola cuando vemos atravesar los pasillos de cualquier nave al celebérrimo Darth Vader, y daríamos alguna que otra extremidad con tal de ser capaces de estrangular desde la lejanía al abusón de turno. En algún sitio leí que el malogrado caballero Jedi encabeza la lista de los mejores malos de la historia. Y es aquí donde me gustaría empezar mi disertación. Se nos ha olvidado al creador del monstruo, al instigador del Apocalipsis en la débil personalidad de Skywalker padre, al verdadero cerebro maligno de todo el meollo.

No es otro que el Emperador. Este simpático hombrecillo, que en un foto-montaje que rula por Internet y de cuya visión me empiezo a artar se le compara con el actual pontífice Benedicto XVI, es el culpable de que Luke, Han, Leia y sus amiguitos lo pasen putas durante las tres primeras partes de la saga, y es el loco cabrón que les jode la existencia a Yoda, Obi-Wan y sus compinches en las otras tres cintas. Su carrera, como la de cualquier político que se precie, está cimentada sobre el odio, el deseo de poder y el afán de encabronar a todos los seres que le rodean, en un acto de misoginia exhacerbado. En su caso, hay una diferencia con el resto de los dirigentes de otros partidos: él al principio iba de buen rollito.

Recordemos que por su culpa, el travieso Anakin se convirtió en el maligno y cruel Vader; no podemos olvidar tampoco que sus planes de dominio interestelar estuvieron a punto de costarle a los Rebeldes un mayúsculo dolor de cabeza. Como el tétanos, que parece que no está pero ahí lo tienen incubando dolor, el señor Emperador trazó en su mente el auténtico desbarajuste del bienestar planetario que a todos traía por el camino de la amargura.

Curiosamente, no creo equivocarme cuando digo que sea probáblemente uno de los personajes de los que menos se habla, o al menos con menos entusiasmo, de todos los que pueblan Star Wars. Vader está chulo, a todos nos cae bien Constantino Romero (o James Earl Jones a los anglosajones); Harrison Ford tiene un polvo y en Luke todos hemos encontrado el pardillo-que-salva-la-galaxia que nos gustaría ser. Natalie Portman tiene su mérito por haber tenido la valentía de llevar puestos los despropósitos que los encargados de vestuario llamaban trajes, y Samuel L. Jackson nos tiene tan acostumbrados a aparecer en todas las malditas películas del mundo que no hay nada que decir sobre él. Incluso aquel engendro llamado Jar Jar Binks, que protagonizó cientos de flash animados donde podíamos descargar nuestra rabia sobre él, ha merecido más atención que la madre del cordero, en este caso el padre.

Como ya comenté en otro artículo anterior, parece que si no llevas un traje molón, no tienes cojones de ponerte un par de ensaimadas en la cabeza y emular a la dama de Elche, o si tus arrugadas manos ya no están como para sujetar espadas láser, a la gente se le pasa por alto tu presencia, incluso si resulta que eres el que corta el bacalao. El Emperador era el cerebro, el puto amo del tema, y si se ve a alguien caracterizado como él en algún Salón del Manga es porque con una cortina vieja se puede hacer una túnica. Seguramente haya otros que piensen como yo, pero es muy probable que en sus blogs se dediquen a destapar curiosidades estúpidas y huevos de Pascua de las distintas ediciones en dvd de las películas en vez de reivindicar tan importante figura.

No piensen que nuestro amigo Emperador es el único jefazo que pasa desapercibido. El Rector de mi facultad, el que enseñó a luchar a Bruce Lee, el encargado del supermercado de su barrio sufren igualmente el anonimato al que condena el no ser suficientemente chuli. La mujer de Ozzy Osbourne también podría entrar en esta lista, ya que normalmente cuando alguien piensa en ella se suele acordar de sus familiares ya fallecidos antes que de la señora en sí misma.

Recuerden: un ser humano suele tener uno o varios mentores por detrás. En el caso de Platón, no puede ser más literal la frase.

Mamá, quiero ser friki

Mamá, quiero ser friki

 

Esta mañana confirmé algo que venía temiéndome desde hace tiempo: uno, me resulta dificilísimo tener dinero y no gastarlo; dos, me va la roña tela.

Paseando por unos grandes almacenes, concretamente por la sección de cine me encontré con un Dvd que en cuanto mi vista se posó en él lo adquirí sin pensar. Se trata de la maravillosa película de serie z canadiense Jesucristo Cazavampiros (en la portada Jesuchrist Vampire Hunter, y en los títulos de crédito iniciales Jesuchrist Superstar 2, acompañados de un narrador que dice "Jesucristo Superstar 2, el retorno del Mesías"), cutre-salchichero film que hace tiempo pude disfrutar gracias a la recomendación de un colega.

Mi progenitora no sabe que he adquirido dicho artículo, y espero que no se entere. Más que nada porque no tengo ganas de aguantar su charla mil veces repetida acerca de mi enfermedad mental profunda que según ella me induce a comprar tonterías, para más inri tonterías que ya he visto u oído. No es que me preocupe ni me extrañe que una madre tenga un visión diferente de la de su retoño, lo que me da que pensar es que sé de mucha gente que piensa de una forma parecida a ella.

Esto puede enlazar con el post que publiqué hace poco dedicado de todo corazón a los amiguitos de La Innombrable (buscar en Frikipedia). Mi progenitora nunca comprenderá que compre películas y discos oríginales de los que ya tengo mi copia legal; al igual que ella, otros muchos personajillos vivientes critican explicitamente o no este gusto mío por los productos originales.

Por un lado, les entiendo. Las cosas que me suelo comprar originales son verdaderos truños infames de los que me hago por aquello del mitomanismo y por envidia de los frikis que cuelgan fotos de sus Macs en el foro de Terra. Veo hasta ciento punto respetable que otra persona más afín a El Factor X y de gustos culturales ajenos a mi desencanto por la bazofia mire asustado la estantería de mi cuarto; otra cosa muy distinta es que no respeten ni entiendan que me guste obtener por vía legal productos variados.

Quizá el problema sea que yo considero poco respetables actitudes, gustos y tendencias de la peña que al parecer, son el pan nuestro de cada día. ¿Será ese desprecio ajeno a mis gustos el pago por ser un clasista? ¿Será que sólo mi novia y algunos seres peculiares me entienden? ¿Será que soy raro? Será eso.