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Madrid, Madrid, Madrid

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¡Ya hemos vuelto! Bueno miento, llegamos el domingo por la tarde, pero entre subir las fotos del viaje y superar un dolor de espalda que me tenía sin ganas de escribir aquí me tenéis delante de la pantalla dispuesto a contaros cómo nos fue en Madrid.

 

Poco más de las 8 de la mañana marcaba el reloj del autobús cuando salíamos de la estación el pasado lunes en dirección a la ciudad del Manzanares. El largo trayecto de algo más de 6 horas nos valió para darnos cuenta de algunas cosas: con los años me mareo más en los viajes; de Despeñaperros para abajo hay más puticlubs de carretera que en la parte norte de la Península; el conductor del bus tiene derecho a ponerte una película desconocida y sin sonido poco antes de llegar al destino y mear en el váter del autocar supone que salpique fuera incluso quien orine sentado.

 

 

                             

 

 

Nada más bajar, coger nuestro equipaje y encaminarnos hacia la boca de metro más próxima me encontré a un chaval que estaba conmigo en el colegio, por lo que la teoría de Cristina de que conozco a todo el mundo y de que todo el mundo estuvo en los Salesianos (el colegio en el que pasé 12 años de mi vida, y del que tengo que referiros alguna peripecia un día de estos) se tornó verdadera una vez más. Hechos los saludos de rigor nos montamos rapidamente en el vagón, con ganas ya de llegar al hotel e instalarnos.

 

Una vez en el hotel, sito en una calle perpendicular a la Gran Vía por cierto, entramos en nuestra habitación, que aunque pequeña nos satisfizo; al fin y al cabo, en ella íbamos a dormir y poco más. Aquello parecía una casa antigua rehabilitada como hostal, hogar que supusimos debió ser acojonantemente enorme cuando contamos las habitaciones que había. Nos resultó curioso que la ducha y el wc se encontraban en una estancia cerrada con aluminio y cristal dentro de la misma habitación, y el lavabo se quedase fuera al lado de la puerta. Toda una experiencia lavarse los dientes sentado en la cama.

 

 

                                                                                 

 

 

El descansito de rigor y nos fuimos a dar un garbeo vespertino por Madrid, en el que no faltó la inevitable visita a la señá Cibeles (teníamos una coña gilipollesca con el acento cañí bastante marinera), la fotico al Neptuno y el vislumbre de la Puerta de Alcalá a lo lejos. Igual de inevitable fue constatar que las calles colindantes a la del hostal estaban llenas de mujeres de vida alegre y gente a la que gustan de entrevistar en Callejeros; supimos al instante que cuando salieramos de noche el taxista que nos llevase a nuestra morada debía subir con nosotros y meternos en la cama.

 

 

                              

 

 

Si algo nos sorprendió a lo largo del paseo fue que la peña de la capital va a su puta bola, algo que se hizo del todo patente en los sucesivos días que pasamos allí. Si bien dicen de Sevilla que somos la cuarta ciudad de España, particularmente y en muchas ocasiones más que una ciudad cosmopolita y conspicua parecemos un pueblo grande. Eso se nota sobre todo en situaciones como llegar a un sitio, usar el transporte público... momentos en los que al menos según mi experiencia siempre hay alguien que se gira y te lanza una mirada. Sin embargo la semana pasada estuvimos en una ciudad en la que podrías salir con la pinga fuera y una bota de agua en cada oreja y la gente ni se daría cuenta de que pasas a su lado. Eso bajo mi punto de vista puede ser una ventaja, pero para alguien como nosotros, criados en barrios digamos obreros en los que todos se conocen, vas por la calle saludando y quien más quien menos de tus vecinos te ha visto casi salir del chumino de tu madre nos parece un poco frío. Uno que es de provincias. Llendo de camino a una tienda de discos de la que me habían hablado nos encontramos con mi profesor de Filosofía de bachillerato en el colegio; huelga decir que Cristina me recordó otra vez su famosa teoría expuesta anteriormente. Qué le vamos a hacer, uno tiene un savoire-faire y una cosa...

 

El martes fue el día dedicado a El Prado. La jornada empezó de puta madre: con el carnet de la facultad pudimos entrar gratis no solo a la exposición permamente sino a una particular titulada El Retrato del Renacimiento, que estuvo bastante interesante. Tras las compras en la sempiterna tienda de souvenirs pasamos a lo que es el museo en sí. La ampliación del sitio por cierto, y haciendo también mía la opinión de un profesor de Cris (no olvidemos que mi señora esposa estudia Historia del Arte; es una mujer preparada), es un poco de cachondeo porque consiste básicamente en la tienda de marras, una cafetería en la que supusimos que tomarse un Nescafé no iba a ser algo precisamente barato (y sobre todo bajo nuestro criterio, en el que un euro con cincuenta céntimos por una lata de refresco nos resulta merecedor de una visita a FACUA) y creo recordar que un par de salas. Salas del Prado de las que hay que decir que quedan muy bonitas en el dibujo del folleto que te dan a la entrada, pero que a la hora de pateárselas hasta al mismísimo Teseo le hubieran dado ganas de echar la pota. Disfrutamos de lo lindo de la visita of course, pero acabamos hasta los mismísimos pendientes reales.

 

 

Comimos y seguimos andando por la tarde, que acabo un pelín regulera más que nada por mi parte debido a lo siguiente: si algún día decidís poneros gordos, cuando vayáis a estar mucho tiempo caminando y la ropa interior se os meta en la ingle, es conveniente que os hagáis con una crema para apagar las llamas del Infierno que se desatarán en vuestra entrepierna. Yo no tuve esa precaución (o más bien la tuve hasta el capítulo de comprarme el linimento, pero pasé de aplicarme la pomada por aquello de... de que soy carajote, no hay más), y como el chacra de mis cojones se conecta a cualquier foco de dolor de mi cuerpo por mínimo que éste sea inflándose hasta la extenuación me pasé todo el rato resoplando y dando por el culo; hasta yo tengo mis momentos. Gracias a Zappa Cristina estaba a mi lado y con su comprensión y aguante habituales me consoló y arrulló. Evidentemente antes de acostarme me pringué la parte interior de los muslos con más crema de la que jamás haya sentido en la piel.

 

Tempranito nos fuimos al día siguiente a El Escorial mediante un tren de cercanías, que en poco más de una horita nos dejó en el pueblo. Sitio tranquilo y curioso aquel, en el que abundaban las personas mayores y las casas de dinero. En cuanto al monasterio (en el que volvimos a entrar por la carita porque era día gratis)... la verdad es que no jugaría al Twister con Felipe II, aparte de porque tenía gota porque vista la austeridad de los Austrias y en especial del monarca español, tenía que ser un caballero pelín aburrido. Esperábamos tronos majestuosos, oro por todas partes y terciopelo a cascoporro y lo que nos encontramos fueron retratos de gente de su familia en todas las paredes y alguna que otra silla con el cojín hecho mierda. Eso sí, no se puede negar que el muchacho tenía inquietud cultural, o desde luego eso quería transmitir porque tenía una biblioteca montada allí de la que no se puede decir que sea fea. A destacar un ejemplar de las Cántigas de Santa María de Alfonso X el Sabio.

 

 

                                       

 

Vimos a los infantes enterrados e impone cosa mala. Un guía que había por allí y que hablaba como el tipo aquel de Men In Black al que le disparas en la cabeza y le vuelve a crecer, mientras explicaba una tumba de no recuerdo quién y que tenía una figura en mármol de su inquilino encima nos animó a que nos aproximáramos a ella con un acérquense, que no se va a levantar. Las risas fueron nerviosas, porque allí igual no muchos conocíamos a George Romero pero todos sabían de lo zombie. Al llegar donde están sepultados los infantes menores de 4 años no se me ocurrió otra cosa que soltar coño, una tarta de bodas. No se me puede sacar a ningún lado. Después de la fría e inquietante visita a la cripta, una visual a los alrededores y para casa.

 

Otro tren el jueves a primera hora y llegábamos a Aranjuez a visitar...exacto, el Palacio que hay allí. Después de ver también el Palacio Real de Madrid y tras visitar éste, mi novia me preguntó si mantenía mi máxima de el rey Juan Carlos es muy campechano, sentencia de la que me he adueñado de un tiempo a esta parte y que repito con vehemencia. Pues sí, caray; es una tontería que me gusta meterla en según qué ratos. En fin, que aquello fue otra cosa. Rebaja de rigor en el precio de la entrada con la bendita tarjeta universitaria (mis hijos van a ir a la facultad solo por entrar de gañote a los sitios), precio que estuvo del mamazo para lo que vimos. Aquello fue otra cosa: lujo por todos lados, habitaciones fastuosas...Isabel II tenía un gusto refinado la colega. Además de las estancias privadas de los reyes, incluyendo como no el váter de la hija de Fernando VII y de su marío pudimos ver una colección de trajes y enseres de Alfonso XII, carruajes, juguetes, el traje de boda de las infantas, de la reina Sofía y de la Letizia (por un momento me sentí Cantizano, y...¡me sentí bien!) y un museo de las faluas de la realeza, unas barcas para pasear por el Tajo que para mí las quisiera. De vuelta al centro neurálgico de nuestra aventura nos pegamos un vueltazo por Fnac y El Corte Inglés, que aunque en Sevilla están los dos siempre es bello decir que estuve en el de Madrid. Ya de noche nos fuimos para Chueca y nos maravillamos con el ambientazo que había por sus calles, además de meternos entre pecho y espalda una bella cena.

 

 

                              

 

El penúltimo día madrugamos menos y nos largamos de tiendas. Entre vinilos y camisetas sacamos tiempo para comprar souvenires para la familia y toda la pesca. Por la tarde acicalamiento especial pues por la noche habíamos quedado con un colega llamado Carlos que cumplía añitos. En principio queríamos ir a la Excalibur pero al final y como teníamos que irnos más bien pronto pues teníamos que levantarnos muy temprano para coger el bus y demás fuimos con mi amigo solo hasta su primera parada de la noche, el pub El Refugio. Nos encantó el sitio, rock clásico de los 70 y algo de los 80: mucho Coverdale en todas sus facetas, Purple, AcDc, Elvis, Rollings...videos, decoración excelente y el sonido brutal; la primera vez en mi vida que escucho la música con suficiente claridad como para saborearla y con el volumen lo justo para hablar sin tener que alzar mucho la voz. Seguro que volvemos la próxima vez.

 

El sábado otras seis horitas de carretera y de nuevo en nuestra tierra. Cris se fue de nuevo el domingo para Asturias con su familia, y por lo que me ha contado hasta ahora les está yendo del carajo. A mí se me acabó el chollo y vuelvo a trabajar de nuevo, pero eso no quiere decir que no vaya a seguir por aquí y como ya os dije, con novedades jugosas. Ya os daré la tabarra.

 

 

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2 comentarios

NtmeC -

Kiüs: bienvenido nuevamente al blog, muchas gracias por tus palabras.

Cojona, el camping tiene buena pinta; ya solo por lo del karaoke creo que merece la estancia. Eso sí, el nombre me recuerda a aquello que decía el Reguera en un chiste: "el Circo Internacional de Barcelona, en el que la taquillera era el león y el domador el que vendía las pipas", pero como dice el lema de la inmobiliaria donde los Simpsons compraron su casa, Pescado Apestoso, "con un nombre tan malo, tenemos que ser buenos".

La verdad es que ya va siendo hora de tomarnos un refrigerio y contarnos los veranos respectivos, ahora que Cristina ha retornado de su periplo norteño podemos llamarnos para tomar unas mirindas. Ya hablamos compañero.

Kiüs -

Me alegra que el viaje haya sido bueno, caballero :)

Corroboro lo de los clubs de carretera de despeñaperros para abajo(creo recordar el nombre de algunos, de hecho), ya que tengo presente un viaje allende tierras andaluzas, como te comenté.

Precisamente en un camping cerca de Aranjuez nos hospedamos mis acompañantes y yo, el Camping Internacional de Aranjuez(nombre puesto en un alarde de originalidad, como se puede comprobar), muy mono, por cierto, con su propio supermercado, una zona recreativa(dos mesas de pingpong y dos futbolines bajo un pequeño techado), con bicicletas y canoas de alquiler(el camping estaba a orillas del Tajo), piscina y un bar con escenario donde el mismo día que llegamos(sí, justo en la noche que más nos convenía dormir, por aquello de acabar de llegar del viaje y porque al día siguiente había que estar antes de las 9 en planta)había karaoke...ahí lo dejo xD

En fin, el resto de la historia ya te la contaré cuando nos veamos(porque nos vamos a ver pronto, lo sé, tenemos una cita pendiente :P)

Así que nada, un saludo a los dos y hasta que nos olamos xD
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